Cada semana veo en consulta a personas que conviven desde hace años con hinchazón abdominal, dolor, gases, digestiones pesadas o tránsito intestinal irregular. Muchas llegan después de haber probado todo tipo de dietas, eliminaciones y recomendaciones contradictorias, con la sensación de que su cuerpo no funciona. Después de años trabajando como nutricionista especializada en patologías digestivas, hay una serie de aprendizajes que se repiten una y otra vez y que rara vez se explican de forma clara. Hoy quiero compartirlos.
El problema no suele ser la comida, aunque lo parezca
Uno de los pensamientos más frecuentes en consulta es “todo me sienta mal”. Pan, fruta, verduras, legumbres o lácteos se convierten en sospechosos habituales. Aunque en algunos casos existen intolerancias o patologías digestivas diagnosticables, en la mayoría de situaciones el origen del problema no es un alimento concreto, sino un intestino inflamado, un sistema digestivo alterado o un sistema nervioso en estado de alerta constante.
Factores como el estrés crónico, las prisas al comer, el miedo a determinados alimentos o una relación conflictiva con la comida influyen directamente en la digestión.
Comer con miedo empeora los síntomas digestivos
Este punto es clave y pocas veces se explica. Muchas personas comen anticipando malestar, hinchazón o dolor. Observan su abdomen constantemente y evitan alimentos por miedo a la reacción del cuerpo. Cuando comemos en un estado de estrés o ansiedad, el organismo activa mecanismos de defensa que afectan a la digestión. Se reduce la producción de jugos digestivos, se altera el movimiento intestinal y aumenta la sensibilidad visceral. Esto no es algo psicológico en el sentido superficial del término. Es una respuesta fisiológica del cuerpo ante una situación de amenaza.
Eliminar alimentos no siempre es la solución
Otro error frecuente es pensar que cuantos más alimentos se eliminen, mejor funcionará el intestino. Muchas personas llegan a consulta siguiendo dietas muy restrictivas, sin gluten, sin lactosa, bajas en FODMAPs o con una lista cada vez más corta de alimentos permitidos. A corto plazo, eliminar puede aliviar síntomas. A medio y largo plazo, si no se trabaja la causa, el problema suele reaparecer o incluso empeorar. En muchos casos el abordaje debe centrarse en mejorar la función digestiva, regular el sistema nervioso, reeducar la alimentación y recuperar la confianza en la comida, no en seguir restringiendo.
La relación entre intestino y emociones es directa. El sistema digestivo y el sistema nervioso están profundamente conectados. El intestino contiene millones de neuronas y está en comunicación constante con el cerebro a través del eje intestino-cerebro. Por eso no es casualidad que los síntomas digestivos empeoren en etapas de estrés, ansiedad, cambios vitales, exceso de trabajo o falta de descanso. El intestino no funciona de forma aislada, responde al contexto físico y emocional de la persona. Hablar de emociones en consulta digestiva no es un extra, es una parte fundamental del tratamiento.
No existe una pauta digestiva válida para todo el mundo
No hay una dieta universal que funcione para todas las personas con problemas digestivos. Lo que a una persona le ayuda, a otra puede empeorarle los síntomas. Cada intestino tiene una historia distinta marcada por el uso de antibióticos, medicación, nivel de estrés, hábitos de vida, relación con la comida y experiencias previas. Por eso los protocolos genéricos y las listas rígidas de alimentos buenos y malos suelen fallar. El tratamiento debe ser individualizado y adaptado a cada caso.
Comer bien no es comer perfecto
Una alimentación perfecta sobre el papel no garantiza una buena digestión. He visto dietas muy equilibradas a nivel nutricional acompañadas de síntomas digestivos intensos. Comer bien también implica comer con calma, sin culpa, respetando las señales de hambre y saciedad y sin vivir la alimentación como una fuente constante de control o castigo. La digestión empieza mucho antes de que el alimento llegue al estómago.
El cuerpo no está roto
Este es uno de los mensajes más importantes que trabajo en consulta. La mayoría de personas con problemas digestivos creen que su intestino está dañado o que su cuerpo ha dejado de funcionar correctamente. En realidad, en la mayoría de los casos el cuerpo está respondiendo a un contexto de estrés, inflamación o desequilibrio. No está fallando, está intentando protegerse. Con el acompañamiento adecuado, educación nutricional y un enfoque respetuoso, la digestión puede mejorar de forma significativa.
En conclusión
Tratar problemas digestivos no consiste solo en cambiar alimentos. Implica entender cómo funciona el cuerpo, cómo influyen las emociones y cómo se relaciona la persona con la comida. Cuidar la salud digestiva es un proceso que va mucho más allá de las dietas. Requiere tiempo, comprensión y un enfoque individualizado.
Si sientes que tus problemas digestivos condicionan tu día a día y que has probado muchas soluciones sin éxito, es importante saber que existen otras formas de abordarlo.
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